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El derecho a la vida

Imagen de eligelavida.net
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Pablo A. Iglesias  |  Director de Información de Servimedia y de Corresponsales de Paz
Para leer este artículo hace falta sangre fría. Aparta tu ideología. Olvida durante unos minutos las creencias religiosas. Borra de tu mente los prejuicios y las costumbres sociales. Piensa como un niño. Porque precisamente de eso versa la reflexión. El núcleo de la disputa es un niño, un niño muy pequeño, un niño por ejemplo de diez semanas de gestación. Con apenas tres centímetros y medio, un feto ya tiene cabeza, tronco, brazos, piernas y en cada una de las extremidades se aprecian perfectamente los dedos. Parece mentira que una amalgama de células con dos meses de vida pueda considerarse un ser humano. Pero cualquier ecografía lo deja claro. Dicen que una imagen vale más que mil palabras. Por lo tanto, no haría falta discutir más.
El asunto, sin embargo, es más complejo. Abortar un embarazo se ha convertido en un derecho legal y, sobre todo, en una medida comprendida de forma mayoritaria por la sociedad. Desde ese paradigma, es razonable que la reforma legislativa presentada por el ministro Alberto Ruiz-Gallardón reciba toda clase de críticas. Queda claro que el aborto se ve como algo normal y necesario en un amplio espectro de la ciudadanía. Pero las cifras sostienen lo contrario. En España nacieron 471.999 niños en 2011 y se practicaron 118.359 interrupciones de embarazo. Es decir, lo más habitual es dar a luz tras nueve meses de gestación. Sólo una quinta parte de los embarazos acaban en aborto. Por lo tanto, ni puede ni debe extenderse la idea de que todas las mujeres abortan y de que se está suprimiendo un derecho básico para el género femenino. Algunas dirigentes socialistas como Elena Valenciano hablan del aborto con la misma normalidad que quien va al supermercado. Podría desvelar cuántas veces ha abortado la número dos de Rubalcaba para responder de forma tan reaccionaria a la medida del Gobierno. Seguramente nos llevaríamos una agradable sorpresa. La realidad es que en España hay casi 24 millones de mujeres pero sólo el 5% aborta. Por lo tanto, no es lo común. Al contrario, es la excepción. No obstante, esa excepción debe ser convenientemente atendida.
La gran mentira del aborto es que sea un derecho de la mujer. El "Nosotras parimos, nosotras decidimos" es una inmensa falacia que ha sembrado demagogia y confusión. Por supuesto que la mujer pare a los hijos pero ella sola no puede concebirlos. Lo saben muy bien las parejas de lesbianas que ahora se enfadan porque el Ministerio de Sanidad las excluye de los tratamientos públicos de fecundación. La naturaleza evidencia que un hijo es fruto de la unión de un hombre y una mujer, así que ambos deberían tener el mismo peso en una decisión tan difícil como la de abortar. Pero lo cierto es que desde el mismo momento de la concepción hay una nueva vida humana en juego que empieza a adquirir derechos propios, como estableció en 1985 la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el nasciturus. Mas ni siquiera es este el debate, mucho más profundo en realidad. El dilema del aborto es en verdad una disyuntiva sobre el derecho a la vida. ¿A quién le corresponde elegir sobre la vida de uno mismo? ¿Y sobre la de otro? La respuesta genérica es sencilla: a nadie. Sucede con un niño o un adulto y debería servir igual para un anciano enfermo o para un bebé en gestación.
Cuando tratamos de decidir sobre la vida de alguien, la propia o la ajena, siempre lo hacemos desde el más profundo egoísmo. La eutanasia, sin ir más lejos, es una salida desesperada para quien anhela dejar de sufrir. Por su parte, el aborto es otra medida egoísta que busca mantener una vida más cómoda que la que implicaría tener descendencia. En determinadas circunstancias, puede ser comprensible que alguien no desee un hijo. Pero la solución en ningún caso debería ser el aborto. Por ejemplo, para las más de 40.000 mujeres que abortan con menos de 25 años el aborto es un drama. Su problema no es el embarazo, sino la irresponsabilidad y el descuido en medidas anticonceptivas. Representan un tercio de los abortos y son precisamente las que más asistencia necesitan. El resto requieren ayudas estatales para que cuidar a un hijo sea más sencillo, programas de asistencia para madres solteras, más y mejores deducciones fiscales, etc. Y cuando todo esto falla, debería existir un plan nacional de entrega en adopción porque hay miles de parejas que estarían encantadas de recibir el hijo de una madre que está a punto de abortar. Se resolverían dos problemas de golpe y se salvarían vidas humanas.
Este es el verdadero debate que la sociedad necesita abrir sobre la vida y el embarazo. El aborto es un fracaso en todos los casos, aunque las feministas lo presenten como un triunfo político de sus reivindicaciones más viscerales. Lo ven como un signo de libertad pero es libertinaje y lo consideran un derecho propio pese a que vulnera los derechos del nasciturus. En esto tiene toda la razón el ministro Gallardón. Las abortistas utilizan tristemente el aborto como un método anticonceptivo cuando lo que hace en realidad es matar una vida que ya está concebida y lleva semanas creciendo en el vientre de la madre. A las consecuencias negativas del aborto podemos añadir el trauma psicológico para la mujer, los desajustes hormonales, la mala conciencia posterior y otros muchos argumentos. Pero la razón de peso es mucho más sencilla y mucho más importante. Hay una vida humana en el interior de la mujer. Quien así no lo entienda es ciego a lo evidente. Constatada la realidad, se puede seguir defendiendo el aborto pero con argumentos superficiales. Sólo es posible aferrarse al aborto desde la ideología, desde el feminismo más barato, desde creencias antirreligiosas y desde el egoísmo individualista.
Fuente: Lasemana.es
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