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La psicosis y el directo

Meiry Peruch Mezari / Flickr CC
Meiry Peruch Mezari / Flickr CC
Pablo A. Iglesias  |  Director de Información de Servimedia y de Corresponsales de Paz
Soy periodista y me apasiona la profesión. Pero en las dos últimas semanas he tenido serias tentaciones de apagar la televisión mientras veía las noticias. No soportaba más relatos sobre los atentados terroristas de París y sus secuelas. Supongo que tengo un corazón demasiado tierno y miedoso. No me avergüenzo. La condición humana predomina sobre la vocación. Ganas no han faltado para mirar hacia otro lado, especialmente en los primeros seis días de conexiones en directo desde París. A todas horas: mañana, mediodía, tarde y noche. Cuesta creer que en plena confusión haya tantas novedades que contar, pues sin duda existen multitud de preguntas y casi ninguna respuesta.
El Periodismo tiene entre sus funciones informar, formar y entretener. Pero cuando surge una crisis como la de los atentados de París, aportar datos fiables resulta próximo a lo imposible y la formación queda olvidada en un cajón con los viejos apuntes de la universidad a pesar de que es cuando más conviene orientar el pensamiento público. La incertidumbre camina en paralelo a la ausencia de información, hasta el punto de que las fuerzas de seguridad y los servicios de inteligencia suelen ser los primeros sorprendidos. Aun así, la prensa suele lanzarse al vacío sin complejos con un triple mortal hacia adelante. Cualquier cosa con tal de aparentar que informamos mientras abrazamos la única realidad que nos queda: entretener a la audiencia aprovechando su desesperación por hallar respuestas que ni siquiera nosotros tenemos.

Los periodistas atravesamos tales circunstancias con una doble prisa: la propia desesperación de cualquier ciudadano y la que asume quien debe informar sin apenas datos. No es de extrañar que ocurran situaciones esperpénticas como que un grupo de cámaras y fotógrafos emprendan la carrera tras un policía que empuña un arma en plena calle. La obsesión por la imagen les lleva a poner en riesgo su propia vida sin reflexionar siquiera un segundo sobre el peligroso destino que puede aguardar a la vuelta de la esquina. Resulta tan surrealista que hasta la sobria y ecuánime Ana Blanco exhibió el disparate en su informativo como prueba de la confusión. Es una consecuencia más de la dictadura del directo, que muchas veces consiste en  rellenar minutos con mera especulación. Sin información sólo queda hablar por hablar, en un intento de saciar la sed con grandes despliegues que están más cerca del morbo que del Premio Pulitzer.

El derecho de información también tiene límites en la frontera entre la  responsabilidad y el morbo

 

Y luego llega la paradoja de Bruselas. Las cadenas de televisión emprenden programas especiales al saber que las fuerzas de seguridad desarrollan una operación policial para detener a nuevos sospechosos. Sin información relevante, los únicos datos disponibles son las ubicaciones de los agentes, que se cuentan en directo y se publican en las redes sociales con todo lujo de detalles. Nadie advierte la imprudencia hasta que las autoridades llaman a la responsabilidad para no frustrar una operación secreta contra el yihadismo. La urgencia por informar sin información casi tumba la investigación antiterrorista. Debemos recuperar la prudencia y la responsabilidad. En casos como este la especulación puede ayudar a escapar a un terrorista y, además, sólo genera más temor social. El derecho de información está protegido en la Constitución pero no olvidemos que también tiene sus límites. Esos límites deben situarse en la frontera entre la información y el espectáculo, entre la responsabilidad y el morbo, entre mantener la prudencia y generar una psicosis colectiva.

Artículo publicado en www.lasemana.es y reproducido en Corresponsales de Paz por gentileza de la dirección de LaSemana.es. 
Fuente: La Semana.es
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