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Yo quería ser David Gistau

Rubén Amón  |  Columnista de El Confidencial

No sé por dónde empezar. Me avergüenza que una elegía a mi amigo David se convierta en un artículo viral o inspirado. Prefería haber no escrito. Hacer objeción de conciencia. Porque es una obscenidad llevarle al difunto el ramo de flores más suntuoso. Y porque es todavía más embarazoso abrirse camino entre los invitados al funeral, presumiendo de amistad y de relaciones privilegiadas. A David prefiero recordarlo con la vitalidad y con la generosidad. Me gusta evocar su aspecto de 'hipster'. Y no porque lo fuera, sino porque era un precursor del barbudo urbanita que terminó convirtiéndose en epidemia. No iba a renunciar David a su originalidad. Pasarían de moda los 'hipsters'. Y permanecería él con su barba de timonel vikingo o de patricio romano. Porque David provenía de la cultura grecolatina. Se había leído la Odisea y la Eneida, me consta. Como me consta que se había leído la Biblia y el Talmud. Por eso tenía sus principios. Y por la misma razón ejercía el periodismo desde la integridad.

No quiere decir que acertara siempre, por mucho que acostumbrara a hacerlo. Quiere decir que no obedecía ni consignas ni instrucciones. Pertenecía a los no alineados. Un tipo cálido y entrañable que asustaba como un ogro. Y que tenía manos de pianista, aunque se enfundara los guantes de boxeador. Porque amaba el boxeo. Y adoraba a Garci. Y a John Ford. Y emprendía con entusiasmo cualquier debate que sirviera para degradar la mojigatería y la corrección. David era un provocador no por la altisonancia ni la vehemencia, sino por el compromiso intelectual. Nunca renunció al espíritu crítico. Ni siquiera cuando escribía sobre el Madrid. O sobre el Madrí, como le gustaba apocopar en alusión al casticismo de Chamartín.

Y no porque fuera un castizo. Lo que era David es un cosmopolita. Afrancesado y anglófilo a la vez. Le hubiera gustado escribir como Norman Mailer, cruzar los puños con Hemingway, pero me parece más oportuno el paralelismo con Chesterton. No por el estilo, ni por la estética. Pero sí desde una concepción iconoclasta. Y por haber consolidado una posición a contracorriente que impedía clasificarlo. David votaría siempre a los demócratas en EEUU. Y era un liberal, no desde la concepción depredadora del capitalismo, sino desde una visión generosa de las libertades. Empezando por la de expresión, que hizo de sus columnas un maridaje asombroso entre la forma y el fondo. Recelaba David de los dogmas. Y era un hombre incómodo. Porque escribía desde la responsabilidad y desde la inteligencia. Un erudito era David. Le gustaba Albert Camus y ACDC. Y la comida japonesa. Y pasear por la playa de Comillas. Un padrazo. Un expatriado que te sorprendía con el acento porteño que heredó de Romina, su doña.

Un hombre de familia que se concedía sus momentos de evasión a bordo de la Harley Davidson con que atronaba el barrio de Salamanca. Y con la que viajaba como un nómada intelectual. Vitalista, divertido. Un tipo libre era David. Un hombre independiente. Un periodista polifacético, ameno, culto que sabía desenvolverse en todos los registros, provisto, como estaba, del talento del humor y de la ironía. Me espanta haber escrito una columna sobre David. Me descompone haber perdido a un amigo. Pero también digo que siempre he querido ser Gistau. Y haré lo posible por conseguirlo, cabrón.

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