Dicen los expertos que si recupera un millón de votantes desencantados tendrá en el bolsillo la victoria y en su mano continuar cuatro años más en La Moncloa. Rajoy apenas tiene seis meses de plazo pero cree que es posible recuperar su confianza con una campaña política y pedagógica como nunca antes había desarrollado. ¿Dónde ha quedado el gallego impasible, con su paciencia infinita, equidistancia calculada y prudencia conservadora? La sangría de poder sufrida en las elecciones autonómicas y locales del 24 de mayo ha provocado que al fin abra los ojos a la realidad sociológica de España y despierte ante la batalla ideológica que le espera hasta la cita con las urnas.
Un mes ha bastado para comprobar que Rajoy va a pelear duro para ganar las elecciones. Parece que al fin se ha desprendido de la anticuada y errónea táctica de Pedro Arriola que sostiene que al PP le basta con ponerse de perfil para ganar como en 2011. El líder de los populares ha dado la vuelta como un calcetín a su estrategia habitual y ha tomado la iniciativa. Nombró tres nuevos vicesecretarios generales en el PP, ha bajado el impuesto del IRPF con carácter retroactivo desde el 1 de julio, ha duplicado sus apariciones públicas, concede más entrevistas que nunca e incluso visita negocios familiares por sorpresa para mostrarse cerca de quienes más han sufrido por la crisis. Rajoy se ha puesto el gorro de trabajo y pelea en primera persona en busca del voto perdido. Sin duda el dirigente gallego ha cambiado de manera radical la estrategia y parece obsesionado por convencer a los españoles de que la crisis económica ha quedado atrás y que ha sido gracias a las reformas del PP, por duras e impopulares que resulten algunas de ellas.
El cambio radical de Rajoy pasa principalmente por comunicar más y mejor, hasta ocupar casi todos los espacios mediáticos para contrarrestar el discurso del adversario. Nunca puso tanto empeño en comunicar quien tantas veces ha demostrado lo poco que le importa la comunicación. A Rajoy le gustamos poco los periodistas y tampoco demasiado los periódicos. Si por él fuera, prohibiría los titulares para obligar a leer el texto completo. Pese a su desconfianza generalizada en los medios, ahora se vuelca con ellos. Cree que así recuperará los votos perdidos pero le falta un elemento esencial, aún más importante que la comunicación y la acción política. El problema de Rajoy era muy variado pero sin duda tenía dos elementos clave: la falta de comunicación y de acción política. Ahora que lo ha corregido quizás no sea suficiente.
La comunicación es inútil cuando no existe credibilidad. Sin credibilidad el mensaje se pierde: cae en saco roto o, incluso, provoca el efecto contrario al deseado y acaba en hartazgo. Por mucho que prometa e incluso por mucho que haga servirá de poco si los españoles no le creen, si en tanta rueda de prensa perciben una sobreactuación, si en sus discursos optimistas detectan oportunismo, si en las nuevas medidas sociales vislumbran electoralismo y si en sus advertencias contra la izquierda vislumbran desesperación. En solitario, cada nuevo gesto de Rajoy es oportuno y necesario. Pero en el conjunto de esta legislatura llega tarde y casi a lo kamikace. Debería haberse comportado así desde el primer día y haber dado la cara cuando más difícil era. La credibilidad perdida nunca vuelve. Por eso Rajoy se conforma con un millón de abstencionistas. Porque sabe que los 10 millones de votos de 2011 son una utopía. Nunca jamás se repetirán y menos aún con este candidato.
Artículo publicado en www.lasemana.es y reproducido en Corresponsales de Paz por gentileza de la dirección de LaSemana.es.